Entrevista a Manuel Ruiz Moriche, director creativo de ARK Architects
ARK Architects, la arquitectura que perdura y emociona
Hay arquitecturas que nacen para ser contempladas y otras para ser vividas. Manuel Ruiz Moriche, director creativo de ARK, proyecta viviendas pensadas para emocionar, conectar con la naturaleza y envejecer bien. Una filosofía que ahora lleva también a La Moraleja.
La Moraleja Magazine.- ¿Cuál es el ADN de ARK Architects?
Manuel Ruiz Moriche.- El ADN de ARK Architects nace de una manera profundamente humana de entender la arquitectura. No diseñamos objetos para ser contemplados, sino espacios para ser vividos, capaces de emocionar y de mejorar la vida de quienes los habitan.
Nuestra arquitectura busca el equilibrio entre belleza, funcionalidad, naturaleza y permanencia. Trabajamos desde la serenidad, huyendo de lo estridente y de las tendencias pasajeras. Nos interesan la proporción, la luz, la nobleza de los materiales, la artesanía y la relación entre el interior y el paisaje.
También nos diferencia nuestra visión global del proyecto. En ARK somos arquitectos y constructores, y desarrollamos cada vivienda como una obra integral: desde la arquitectura y el interiorismo hasta el paisajismo y la ejecución. Esto nos permite proteger la idea original durante todo el proceso y alcanzar un nivel de coherencia y calidad difícil de conseguir cuando el proyecto se fragmenta.
En definitiva, nuestro ADN consiste en crear una arquitectura honesta, sensorial y atemporal: una arquitectura pensada para perdurar.
LMM.- ¿Quién está detrás de cada proyecto?
MRM.- Detrás de cada proyecto hay, ante todo, un gran equipo. ARK Architects está formado por cerca de setenta profesionales de distintas disciplinas que comparten una misma sensibilidad y atención por el detalle. Aunque yo ejerzo como director creativo y acompaño personalmente el concepto de cada obra, nunca he entendido la arquitectura como un ejercicio individual.
Mi labor consiste en imaginar la esencia del proyecto, interpretar el lugar y comprender cómo quiere vivir el cliente. A partir de ahí, esa visión se desarrolla colectivamente con arquitectos, interioristas, paisajistas, ingenieros, constructores y artesanos.
Personalmente, siempre he sentido una gran curiosidad por la relación entre el ser humano, la naturaleza y el espacio.
LMM.- Transformas espacios desde un planteamiento de arquitectura biohumanista única.
MRM.- La arquitectura biohumanista sitúa a la persona y a la vida en el centro del proyecto. Parte de una idea muy sencilla: los espacios que habitamos tienen una influencia directa sobre nuestro bienestar físico y emocional.
Por eso estudiamos cuidadosamente la orientación, la ventilación natural, la temperatura, las proporciones, las vistas, los recorridos y el modo en que la luz cambia a lo largo del día. También buscamos una conexión permanente con la naturaleza.
La sostenibilidad también consiste en construir mejor, elegir materiales duraderos, reducir el mantenimiento y crear edificios capaces de conservar su valor con el paso del tiempo.
LMM.- ¿Qué no puede faltar en uno de tus espacios?
MRM.- No puede faltar la emoción. Un espacio puede ser técnicamente impecable y, sin embargo, no transmitir nada. También debe existir una conexión clara con la naturaleza, incluso cuando se trata de una vivienda urbana. Me interesan especialmente las transiciones: esos lugares intermedios entre el interior y el exterior, entre la sombra y la luz. Son espacios que permiten respirar. Y no puede faltar la serenidad.
LMM.- ¿Qué papel juega la luz en tu obra?
MRM.- La luz es uno de nuestros principales materiales de trabajo. Es intangible, pero tiene la capacidad de transformar completamente la arquitectura.
No nos interesa únicamente iluminar un espacio, sino modelarlo mediante la luz. La utilizamos para destacar una textura, revelar un volumen, acompañar un recorrido o generar una determinada atmósfera. La luz cambia a lo largo del día y de las estaciones, haciendo que la vivienda nunca se perciba exactamente de la misma manera.
También trabajamos mucho con la sombra. En lugares de clima cálido, la sombra no es una ausencia de luz, sino un elemento arquitectónico esencial. Cuando luz y sombra están bien equilibradas, la arquitectura adquiere profundidad, ritmo y emoción.
LMM.- Con un lenguaje arquitectónico muy concreto, has exportado tu visión tanto dentro como fuera de España.
MRM.- Exportar nuestra arquitectura no significa reproducir un mismo modelo en diferentes lugares. Significa trasladar una filosofía de trabajo y permitir que dialogue con cada paisaje, clima y cultura.
Actualmente desarrollamos proyectos en distintos puntos de España y en enclaves internacionales de Europa, Oriente Medio, el Caribe y Estados Unidos. Cada territorio plantea retos muy diferentes.
En los proyectos internacionales trabajamos con equipos locales para comprender el clima, la normativa, los sistemas constructivos y la cultura del lugar. ARK define el concepto arquitectónico y protege su esencia durante todo el desarrollo mediante un proceso de Design Guardianship.
Dentro de España, me gustaría destacar especialmente los nuevos proyectos que estamos desarrollando en La Moraleja. Estoy convencido de que serán proyectos icónicos, concebidos con un nivel de detalle excepcional y absolutamente fieles al ADN de ARK: arquitectura biohumanista, integración con la naturaleza, luz, artesanía, materiales nobles y una ejecución extremadamente cuidada. Son viviendas que aportarán una nueva forma de entender la arquitectura residencial en Madrid.
LMM.- Después de tantos proyectos, ¿hay alguno que te haya dejado una huella especial?
MRM.- Todos los proyectos dejan una huella. Resulta difícil elegir solamente uno. Sin embargo, NIWA ocupa un lugar especial dentro de nuestra trayectoria porque reúne muchas de las ideas que definen nuestra arquitectura: la integración en el paisaje, la continuidad entre interior y exterior, la presencia del agua, la materialidad natural y una forma de lujo serena y vinculada al bienestar.
Más allá de un proyecto determinado, lo que verdaderamente me deja huella es regresar años después a una vivienda y comprobar que ha envejecido bien. En ese momento la obra deja de pertenecernos. Se convierte en escenario de una vida. Probablemente, esa sea la mayor satisfacción que puede recibir un arquitecto.

